274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nHace unas semanas abrimos un paréntesis en nuestra ajetreada vida de hospitaleros.

Nos despedimos de @the_pilgrim_stone y condujimos hacia el este, rumbo al que durante un tiempo fue nuestro campamento base. Allí nos esperaba una docena de ocupas instalados en ventanas y balcones. Tras valorar la situación, organizamos una mudanza exprés al jardín de enfrente. Aquella noche hubo revuelo en los tejados y, al día siguiente, el aire estancado comenzó por fin a circular.
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Cruzamos los Pirineos e hicimos un picnic junto a una familia francesa que almorzaba a destiempo. Cuando la madre se sentó en el banco, apenas quedaban restos sobre la mesa de piedra. Sobrevolamos el canal de la Mancha y después nos acomodamos en la segunda planta del bus rumbo a Bath. Abracé a mi yo del pasado y le agradecí haber dado el paso de vivir en esa ciudad. Caminé por sus calles con la nostalgia de quien vuelve a un lugar que todavía guarda algo de ti, hasta que mi cuerpo, agotado, se rindió sobre un sofá de la biblioteca.
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Al sur llegamos con el coche pidiendo aceite a gritos. Descorché el botijo-hucha que mi padre pintó hace una década y encontré un boleto de avión y una nota de mi madre. Aprendí a hacer una trenza de raíz que no sobrevivió a la expectativa materna. Hubo mucho de eso que se sabe pero no se habla. También celebramos los cincuenta de una gran mujer. Me invitaron a un Bitter Kas y emprendí otro viaje hacia aquel yo de cañas, copas, cigarrillos y madrugadas. El brazalete indio saltó a la muñeca amiga antes de fundirnos en un abrazo de despedida. 
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En una de las cenas, alguien se afanó en limpiar las patatas del queso que las cubría para que pudiéramos degustarlas, sin que nadie se lo hubiera pedido. Allí apareció esa versión de nosotros que algunas personas todavía conservan intacta, aunque hace tiempo que dejó de existir. Durante este viaje nos reencontramos con quienes fuimos. Los reconocimos, los abrazamos y seguimos caminando, sabiendo que ya no somos ellos.