Al abrir la puerta del monasterio encontré a un peregrino asiático sentado en tercera fila y decidí acompañarle.
La peregrina india llegó al camino por segunda vez en este año. Siempre hay un hueco para el postre, dijo al recibir la mousse de chocolate.
Una pareja de ingleses mostró al hospitalero la Royal Enfield aparcada en su garaje y juntos recorrieron la India a través de las historias de sus viajes.
Los ojos se abren y el cuerpo se despierta a los códigos sagrados de la madrugada, tres treinta y tres, cuatro cuarenta y cuatro, cinco cincuenta y cinco.
Dos peregrinas americanas solicitaron usar la mesa del salón porque competían en un campeonato de puzzles online.
Tras un arduo debate con la mat opté por dejarla enrollada y calzarme las zapatillas que claman cada día pisar la tierra de flechas amarillas.
En el desayuno una de las peregrinas americanas contó que perdió su iPhone en el tren dos días atrás mientras que el Apple Watch lo localizaba en ese momento en un pueblo a media hora de distancia.
De los geranios de la puerta de entrada están brotando flores rojas y blancas que dan la bienvenida al otoño. Se han instalado entre sus hojas un par de mantis religiosa, una grande y verde, y otra color paja, más pequeña.
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