El cansancio asoma por cada uno de los poros de la piel que recubre el cuerpo. La pereza se acerca cada día con grandes dosis de atrevimiento. La valentía pierde fuelle conforme se acerca el amanecer.
Hoy es la tercera noche de abrir los ojos a las 3.15 de la mañana. El estridente maullido de un gato me trajo al mundo consciente. El resplandor de la luna se cuela por la ventana y lo siento como los primeros rayos del alba. Y ahora qué, me pregunto.
Llama mi atención un remolque que está girando en la esquina. Va cargado de grandes troncos de árboles cortados. Deben tener muchos años, intuyo por el diámetro que queda al descubierto. Su corteza es robusta y pienso donde habrán quedado sus raíces.
Mastroianni nos recibe con un gran abrazo verbal y un brillo de ojos que atrapa. Nos dejamos llevar hacia la mesa al fondo del bar. Un canal de television gallega ofrece el parte diario que sobrevuela la sala buscando oídos que contaminar.
El campo base se difuminaba en la madrugada mientras el Toyota le robaba km a la carretera de curvas. Como despedida, un cielo estrellado para guiarnos del este hacia el oeste. Allí donde se pone el sol.
Es tan confortable la melodía que emerge de la Nina Simone instalada en el techo de la habitación que salir de la cama temprano se ha vuelto una odisea. El mandala multicolor tejido en lana por Georgina te atrapa en su baile hipnótico y despierta la creatividad bajo las sabanas de coralina.
La lista de música de Bath embrujaba nuestros sentidos mientras hacíamos kilómetros por puertos de montaña ya conocidos. La oscuridad reinante en el lugar ocultaba el desfiladero por el que rodábamos mostrando las siluetas de las paredes de roca caliza.

El insomnio sorprende de madrugada y aprovecho para jugar con el torrente de pensamientos despiertos como si fueran las piezas de un puzzle a construir. El silencio de la noche es roto por el viento que se cuela por el ventanuco de encima de la puerta. Otro día más de levantera.
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