Nos conocimos en Inverness hace unos seis o siete años en el roadtrip con la rocky por las altas tierras de Escocia. El amor a primera vista no fue recíproco aunque con el paso de los años y las aventuras compartidas nos encariñamos.
El ordenador no quiso arrancar después de cruzar la frontera, así que tras dejar las mochilas y el sueño atrasado en el hotel nos embarcamos en la desafiante misión de encontrar un servicio técnico que lo reparara.
Cinco minutos antes de salir de Gangtok el conductor del jeep nos informó que la carretera principal estaba cortada y que el desvío doblaba el precio del ticket y triplicaba las horas de viaje.
El jeep se detuvo en la frontera donde nos pusieron el sello de entrada a Sikkim. Los azules, rojos, verdes, blancos y amarillos de las miles de banderas de oración que habitan este estado pintan de color el cielo gris.
Dos small taxis para tres, una homestay con dos camitas, un tren de siete horas con dos de retraso, tres sándwiches de soja y una focaccia, una habitación en el hotel del terror, un jeep compartido con once personas y un destino a dos mil ciento cincuenta metros de altitud.
El clima se volvió frío en el estado de Meghalaya y la incomodidad que me abrazaba desde hacía días se incrementó. La práctica se ralentizó, el carácter se agrió y se solidificaron varios prejuicios.
Rápido y veloz el conductor del rickshaw cruzó la ciudad de Jorhat hasta llegar al embarcadero cinco minutos antes que el ferry cruzara el sagrado río Brahmaputra.
Kolkata se colocó en la ruta de viaje con determinación y nos pilló por sorpresa. Un policía buscando un extra money nos llevó al hotel siguiendo las indicaciones del maps.
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