Una peregrina argentina se marchó a las dos horas de llegar, dejando una maleta de treinta kilos de recuerdos para ir al encuentro de unos amigos en la siguiente aldea, Foncebadon.
Abrí la puerta a las 6.30 de la mañana y un cielo despejado repleto de estrellas me dio la bienvenida. Quise apagar la farola para disfrutar del espectáculo en profundidad pero no encontré piedra en el camino.
La peregrina irlandesa se sentó a mi lado después del almuerzo. Aunque le costaba caminar me contó que nunca había sido tan feliz como ahora.
Durante una semana los padres de la hospitalera vinieron a colaborar en las tareas del día a día y a refugiarse del sofocante calor del sur.
A la peluquera que encontré le brillaron los ojos cuando descubrió mi melena. Con cierta agilidad deshizo los nudos de pensamientos, diluyó la pesadez de las ideas y cortó de tajo con el apego a la que fui hace años.
El humo llegó antes del aviso sonoro en el móvil y los peregrinos despertaron con un destino incierto. Como una patata caliente las decisiones pasaban entre sus manos velozmente y tristemente comenzaron el camino de regreso a casa.
Un ciclista español dejó en la habitación dos cartones de leche vacíos, antes de iniciar el camino reconoció que sufría una severa adicción a la lactosa.
Esa tarde cambiamos las sandalias por las zapatillas y el Toyota rugió feliz por carreteras secundarias. Jugamos a elegir el camino a seguir.
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